El pueblo está 100 kilómetros al norte de Ushuaia, junto al lago Fagnano, y vale la pena quedarse un par de días. Además, allí está la célebre Panadería La Unión.
Llegamos a Tolhuin, el corazón de la isla de Tierra del Fuego. El Lago Fagnano parece un mar. Es una lengua enorme de 100 kilómetros de largo que llega hasta Chile y regala una orilla generosa para caminar, caminar y caminar. Estamos muy cerca de Ushuaia, pero parece otro mundo.
Nosotras rocorrimos toda la playa en dos horas de marcha tranquila y terminamos la ronda en la Hostería Kaikén, soñado destino en lo alto de un acantilado. Llegamos heladas, buscando refugio y algo caliente. Marche un té de hierbas con torta de manzana.
La cuenta marcó 150 pesos, 4 dólares, según el cambio actual. En cualquier caso, nada por tanto.
El bosque de las botellas
En Tierra del Fuego se toma mucha cerveza pero nadie va al supermercado con envases. Es que, por ley, por una cuestión de costos, todas las botellas de vidrio se consideran “No retornables”. Resulta demasiado caro llevarlas de nuevo para el Continente. Entonces se quedan en la Isla y se convierten en basura.
En Tolhuin, junto al lago Fagnano, en su predio del camping Hain, Roberto Berbel (que es también el director de Turismo del pueblo) ideó los arbolitos de vidrio. Es un militante del reciclado y con su familia armaron una especie de parque temático y están «reforestando» el lugar. Ya llevan reutilizadas más de 10 mil botellas.
También reciclan las latitas de aluminio y las convierten en lingotes. Las latas se vuelven líquidas adentro de un cuenco de hierro al rojo vivo, en una salamandra alimentada con la madera que tiran los aserraderos. La madera, las latas, las botellas, todo vuelve en Tolhuin. Ojalá yo también vuelva. Gracias Andrea Musso por pasarme el dato de este pueblo increíble.
Buena factura
La panadería La Unión de Tolhuin figura en las guías de turismo de Tierra del Fuego con el mismo protagonismo que el lago azul. Es que resulta un hallazgo que a mil kilómetros de La Antártida exista un pueblo de tres mil habitantes con una confitería-panadería que tiene 32 empleados.
El salón está siempre lleno de gente, con turistas, viajantes, vecinos del lugar que llegan con su equipo de mate y piden media docena de facturas para merendar, o artistas de todo el país que, de gira por Tierra del Fuego, pasan a sacarse la foto triunfal. Todo el local está empapelado de fotos. Es otra de las atracciones del salón.
El artífice de esto es Emilio Sáez, marplatense, 64 años, 34 en Tolhuin. Llegó apenas con un bolso después de vivir un año en Ushuaia, donde había aprendido el oficio de panadero trabajando gratis a cambio de hospedaje. Tuvo muy buenos maestros, o le puso mucho entusiasmo. O las dos cosas. Todo es rico en la panadería La Unión.
Además parece un buen jefe. Se lo ve todo el día en el local yendo y viniendo.
Sáez fue noticia en 2012 por construir una casa con pileta en la ciudad de Puerto Madryn para que los empleados vayan a pasarla bien 10 días al año, con la familia o con amigos, sin que se le descuenten los días de las vacaciones de ley. Es así, tal cual. Me lo confirmó un empleado.
Pueblo mítico
Con una ley de cinco artículos, en 1972, se fundó al pueblo de Tolhuin con el objetivo de darle alguna contención a las 150 familias que trabajaban entonces en los aserraderos de lenga de la zona. Es el pueblo más joven de la provincia, con apenas 45 años, pero es una tierra con mucha historia. Tremenda, dolorosa.
En el museo Kami están los registros del exterminio de indios por parte de buscadores de oro y estancieros, que salían de cacería y luego posaban para las fotos para exhibir sus presas humanas, empuñando el Winchester. Eso pasó aquí hace apenas 100 años.
Tolhuin, en lengua selknam (ona), significa corazón. Y en esta velada de invierno lo abre a los visitantes para que disfruten la Noche de los Museos. Una noche negra, helada, amigable y feliz, con música en vivo, narraciones, exposiciones. Nos convidan empanadas, pizza y pastelitos.
Volvemos a la cabaña caminando en medio de la nada siguiendo nuestra sombra. Otra madrugada mágica en el Fin del Mundo.
Hermanas en serie
Cien años juntas. En el Sur, con mi hermana Maqué, nos vamos intercambiando los gorros, las camperas, los guantes, para no salír iguales en todas las fotos… Y lo único que logramos es aumentar la confusión. Ojalá armemos muchos líos más. Es divino viajar con ella.








