La ciudad de Ushuaia nació como colonia penal y le debe a la mano de obra de los presos buena parte de todo lo que hoy disfrutamos los viajeros. Impresiones de una visita al museo.
«La traza de la avenida San Martín, la Escuela Sarmiento, las cloacas, la apertura de las vías, la iglesia, la ruta, el primer tendido eléctrico, este edificio de la prisión… ¡uf!». Horacio, el guía que nos lleva de visita por el Presidio del Fin del Mundo, se queda sin aliento enumerando la cantidad de obra pública de Ushuaia que se hizo con mano de obra de los presos.
Es que la ciudad nació con destino de colonia penal, en 1884, y junto con la bandera celeste y blanca se plantó la piedra basal de la primera cárcel, que no es esta que caminamos los turistas, que comenzó a hacerse en 1892 y fue construida por los mismos presos con piedras de la cantera en la que trabajaban, sino otra más lejana y fría todavía.
La recorrida por el pabellón reciclado es bien ilustrativa y pedagógica. El público escucha atento y flota en el aire esa excitación que provoca el mundo de lo prohibido. Está ambientada con muñecos que evocan a presos y guardias, en tamaño natural.
Los maniquíes recrean cómo vestían, dormían o comían los presos aquí. Otros, también de tamaño natural, cuentan la historia de presos célebres como el temible Petiso Orejudo, el anarquista Simon Radowitzky o el escritor Ricardo Rojas. En alguna forma, también fue una cárcel que sirvió para el destierro y el escarmiento.
Pero lo más apabullante viene de las fotos en blanco y negro, de las cartas y los relatos de los presos, de los documentos oficiales del penal. Podés pasar horas leyendo esa historia que cuelga en cuadritos en las paredes. Las fotos impresionan. En apenas cuatro años una persona podía parecerse a su propio padre. Trabajaban largas horas, vistiendo el único traje que les entregaban el día que llegaban al penal. Pero peor era quedarse todo el día casi a oscuras en la celda.
Más de la mitad de los presos estaba enfermo, casi todos perdían la dentadura por una simple caries. Cuentan los carteles, que en los años 30 los vecinos de Ushuaia estaban acostumbrados a ver pasar por la calle ataúdes del penal todas las semanas.
También se puede visitar uno de los pabellones que están sin reciclar, que quedaron como en 1947 cuando cerró el penal. Ahí directamente se termina el cuento. Es lo más parecido al infierno.
Favores y prebendas
En las vitrinas se ven delicias como este primoroso juego de muebles en miniatura para muñecas, hecho en madera de lenga por los presos del penal de Ushuaia en los años 30. Parece que ya entonces, los favores y las prebendas eran moneda corriente. Según el cartelito indicativo, lo hicieron para Milita, la sobrina de Rosa Gallo del Carril, quien era entonces la novia de Raúl Ambros, el director de la cárcel. «Ambros era muy respetado y temido por los presos”, aclara. O mejor dicho… oscurece todo un poquito más.
El Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia es sede también del Museo Antártico, de Arte Marino y el Marítimo, todos muy interesantes también, especialmente la muestra dedicada a los primeros navegantes y a los primeros habitantes de esta zona del mapa. El museo abre todos los días hasta las 20, y el ticket sirve por 48 horas. Gran idea, volver al otro día un rato.



